Viajes22 April, 2019

La poesía que apenas desciframos

Si un viaje es lo que se recuerda de él, Tailandia es aire cargado de especias, de frutas maduras y frescas. es la sonrisa de cientos de extraños, el verdor de un campo de arroz. una tierra que, como un baúl de tesoros, está lleno de brillo y maravillas. una orquídea rosa que se planta en la memoria y no la deja.

Por Mónica Isabel Pérez

 

«Valora la belleza simple. Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas…» escribió Walt Withman en el prólogo de su poemario Hojas de hierba. Y con eso en mente uno podría hacer decenas de poemarios de cada kilómetro explorado en un país como Tailandia. Uno para los jardines, por ejemplo, que irrumpen lo mismo en los antiguos palacios que los modernos rascacielos de Bangkok con sus flores de colores y sus fuentes en las que los pétalos caídos parecen pequeñas barquitas flotando sobre el reflejo de la luz del sol. Puede haber un poema de las calles, que a veces son sucias y solitarias, pero que de pronto adquieren luz en forma de un carrito de frutas tropicales con chile que puede hacer que cualquier mexicano rompa en llanto si su viaje ha sido demasiado largo. Y puede haber otro, y otro más, sobre la gente que sonríe todo el tiempo y casi sin razón. Cuando al llegar a estas tierras anuncian que se ha entrado «al país de las sonrisas» la frase no suele tomarse como algo literal, pero lo es.

El secreto del gran Siam
Prathet Thai («el país de la gente libre») es conocido en el mundo occidental como Tailandia desde 1949. Aunque el nombre del país se cambió en 1939 fue hasta pasada la Segunda Guerra Mundial que se popularizó su traducción al inglés Thailand, «el país de la gente thai». Otrora llamado Siam, se trata de un reino vasto en riquezas naturales que tiene al turismo como uno de sus mayores ingresos, además de la agricultura, la ganadería y la pesca. Aún en las grandes ciudades como su capital, que es trepidante y cuyas noches de fiesta parecen no tener fin, los habitantes se perciben alejados del estrés típico de las grandes urbes. No es que no se sientan nunca afectados —como en cualquier ciudad lidian con el tráfico, la contaminación y el caos—, sino que han conseguido darse alivio gracias a su milenaria tradición del masaje, cuya técnica —se cuenta— fue desarrollada por Shivago Komarpaj, quien hace 2,500 años fue médico del Buda Siddharta Gautama. La terapia se realiza en el suelo, sin aceites. Es puro contacto de unas manos sobre un cuerpo que es guiado para realizar estiramientos, en movimientos similares a algunas posturas de yoga, y que recibe presiones profundas inspiradas tanto por la medicina tradicional china como por el conocimiento ayurvédico de India. El resultado, luego de las dos horas que suele durar ese escape de la realidad, es el fin de las contracturas. Un estado de bienestar y relajación casi olvidados en Occidente que los taliandeses no dejan de procurarse diario.
«Todos nos damos y recibimos masajes, es algo muy importante para nosotros», me dice Ketsara Choksmai, mi guía en esta travesía en la que vamos de Bangkok a Chiang Rai y Chang Mai —con diversas escalas en el camino. Su abuela le enseñó a dar masajes desde que era pequeña y Ketsara le trasmitió este conocimiento a su hija. Es algo común en las familias tailandesas. Todos conciben el masaje no solo como solución, sino como prevención de los males. Por eso hay locales de tratamientos corporales abiertos las 24 horas y quizá también por eso los tailandeses lidian mejor con la tensión que el resto del mundo. Es su secreto para mantener la sonrisa en medio del ajetreo.

La belleza entra por los ojos (y por la boca)
Volvamos a las palabras de los poetas. En el prólogo de su libro Los conjurados, el argentino Jorge Luis Borges decía: «Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso». En una travesía por Tailandia uno pasa todos los días así, encontrándose con escapes paradisiacos ya sea dando un mordisco a la piña más pequeña y dulce que se ha visto, mirando a los árboles mecerse con el viento entre la arquitectura de templos como Wat Pho —donde se encuentra la famosa imagen del Buda Reclinado, que tiene sus 46 metros de largo y 15 de alto cubiertos de pan de oro— o soltando una carcajada en la ciudad de Lopburi donde se encuentra el Templo de los monos, en el que decenas de macacos hacen travesuras a los viajeros: se suben a los hombros de quien se deje, roban comida y, en el peor de los descuidos, hasta pasaportes, y luego trepan por los árboles para perderse ágiles entre su follaje. Aún el turista más afectado por las jugarretas de estos primates termina atacado de risa. Y esos momentos de desapego e hilaridad, hay que decirlo, son pura y total belleza.

Otro instante de paraíso: entrar a un mercado tailandés. Como los mexicanos, están llenos de colores, de aromas y de texturas. Pero, para un occidental promedio, todo lo que se ve allí es un misterio. Los pasillos huelen a galanga y a jengibre, y a frutos que no vemos con frecuencia en nuestro lado del mundo: está el potente durian, al que llaman «el rey de las frutas» (y que prohíben introducir a los spas por su fuerte aroma que a mucha gente le recuerda el olor de la basura) y el s «la reina de las frutas» codiciada por sus propiedades antioxidantes y regenerativas que ayudan a tener una piel sana e impecable. También está la cúrcuma, que ayuda a desinflamar el cuerpo. Y el bael, una rutácea de la que se prepara un té relajante que, además de ser un excelente digestivo, es un astringente que también ayuda al mantenimiento de la piel. Como puede verse, procurar al órgano más grande del cuerpo humano es una gran preocupación en Tailandia y debido a eso hasta su comida está preparada para ser un tratamiento corporal. Nada como comer una de sus calientes y picantísimas sopas para sentir, en medio del estupor, que algo bueno está pasando en el cuerpo, pese a la locura provocada por chiles que en México ni nos imaginamos.

Todas las joyas que nos rodean
Es momento de confesar que no todo en Tailandia es tan perfecto. Los mercados flotantes, por ejemplo, son ruidosos, son sucios y tienen muchas complicaciones logísticas: hay que andar entre lanchas o puentecitos improvisados para recorrerlos, gritarle a los vendedores —que navegan apretados en otras lanchas—que uno quiere dos postres de mango con arroz, a veces con señas si lo que hablamos es un idioma incomprensible para ellos, se debe cargar con suficiente efectivo, aprender a decir que no a las cientos de ofertas que comienzan a llegar apenas uno hace contacto visual con un objeto, hay que soportar los piquetes de miles de mosquitos y limpiarse cada cinco segundos el sudor provocado por temperaturas que a veces superan los 40 grados centígrados, y ni hablar de los baños públicos. Pero en medio de toda esa incomodidad aparente, las joyas: la mirada del niño al que su madre ha cedido a comprarle un postre, las conversaciones animadas que transcurren en el muelle rodeado de moscas que encuentran su final en cintas adhesivas que cuelgan de las palapas, una familia jugando con un perro, una imagen de Buda tallada en madera aromática, y como siempre las flores que están en todos lados y que llenan de perfume el aire denso que justo al mediodía se aquieta para hacer el calor aún más insoportable. Están los textiles, la curiosa concepción de belleza de las mujeres Karen, refugiadas en villas de Chiang Mai y Chang Rai tras la guerra de Myanmar, que son famosas por usar múltiples collares que alargan el cuello (es un efecto visual, en realidad los hombros caen), están los majestuosos elefantes que caminan entre la selva en compañía de sus crías y que son capaces de comerse cuatro pencas de plátano en cinco minutos. Está el silencio de los templos, el ruido de las calles más lujosas de Bangkok, el masaje que alivia, el platillo que conforta y, sobre todo, las sonrisas regaladas en las calles que, siempre, siempre se contagian en esta tierra de exuberante esplendor. «La mitad de la belleza depende del paisaje», decía Hermann Hesse en un poema en el que trataba de explicarse el amor, pero que también explica el asombro que provocan países como Tailandia. ¿Y la otra mitad?, esa, decía el escritor alemán, depende «de la persona que la mira…».