Actualidad6 May, 2019

Nuevas generaciones, nuevas reglas

El cambio generacional que estamos viviendo implica retos mayúsculos, pero también puede significar un cambio de rumbo. El influjo de las generaciones Z y milenial empuja hacia cambios que pueden representar un futuro más feliz y responsable.

—Javier Martínez Staines | Ilustraciones: Emilia Schettino

De entre los múltiples chistecitos que se hacen sobre los milenial, recuerdo este:

Milenials: Grupo de identidad que todos odian hasta que necesitan convertir un pdf en
documento de Word.
Y sí.

Lo bizarro no es contar chistes —buenos o malos— sobre las generaciones más jóvenes, sino referirse a ellas como si no estuviesen ya a cargo. Son patadas de ahogado de los baby boomers y la generación X que contemplan (amos, porque mi propia edad exige incluirme) atónitos cómo se desmorona el mundo que conocíamos para abrir paso a todo tipo de transformaciones con las nuevas tecnologías como moneda común de cambio. Todo prejuicio es una falacia. Lo es más cuando prejuzgamos, juzgamos e incluso postjuzgamos a quienes conforman la hoy llamada «Generación de la indignación». Da igual si la concepción tiene su origen desde los hijos del desencanto, característica sine qua non de a quienes nos llaman «X» (vaya letra despiadada la que toca cargar). Da igual, sí, porque de cualquier manera el desencanto supone pasividad, mientras que la indignación conlleva acción.

Ilustración Emilia Schettino.

Hay investigaciones que avalan la etiqueta. Rob Wijnberg, filósofo y cabeza del proyecto The Correspondent (parte del movimiento #UnbreakingNews, que busca ser un «antídoto a la molienda diaria de noticias» y que no solo hace cobertura de un problema, sino que además propone soluciones) señala que, por vez primera desde el siglo XIX cuando la Iluminación y la Revolución Industrial contribuyeron a que creyéramos en el progreso común, la mayoría de la gente en 36 países distintos creen que el mundo marcha hacia la dirección equivocada.

Recuerdo un artículo en The Huffington Post titulado «Millennials are Screwed» («Los milenial están arruinados»). La tesis fundamental era que, como los demás miembros de su generación, el autor —un milenial, sí— sentía una dificultad creciente para no estar aterrorizado por el futuro y enojado por el pasado. Para ejemplificar el malestar al que nos referimos en el párrafo anterior, aquí se puntualiza con claridad irrebatible: «Mi renta consume casi la mitad de mi ingreso, no he tenido un trabajo estable desde que Plutón era planeta y mis escasos ahorros se derriten con más rapidez que las capas de hielo en los océanos».

Ciertamente comprar una casa hoy es casi imposible y conseguir un empleo con seguro social y fondo para el retiro es un error de la estadística. La situación geopolítica, tan inclinada al autoritarismo bicolor y a la frustración social a gran escala, ahí está vigente enarbolando las banderas de la incertidumbre. Sumemos a este pequeño vendaval la percepción generalizada de malestar, cuando se va confirmando que todo el cuento de la meritocracia no es más que eso: un cuento. Pero es un cuento que favorece la sensación de fracaso y de depresión. ¿Una más? La soledad. Con el estímulo de las redes sociales —más inclinado a impresionar a los otros que a relacionarnos—, la natural consecuencia es que nos sentimos más solos.

Ilustración Emilia Schettino.

El optimismo obligado
En respuesta a esa pesadumbre, Maarten van Doorn, editor de The Understanding Project, escribió otro artículo titulado «As a Millennial, You Should BeOptimistic About the future» («Como milenial, deberías ser optimista respecto al futuro»). Aclara, de entrada, que forma parte del cinco por ciento que se siente emocionado por el futuro y curioso del pasado. «De acuerdo —señala— nuestras vidas personales están llenas de incertidumbre, la economía es inestable, el clima político es sombrío, la crisis ambiental es dantesca. Es decir, hay razones muy legítimas para el pesimismo». Pero… (Quien está leyendo esto tiene que admitir que estaba esperando con ansias este «pero».) … hay evidencias de que hemos ganado en prosperidad, salud, facilidad de movimiento, derechos humanos, libertad de expresión y acceso a muchas cosas en los últimos dos siglos. Mucho (favor de leer El optimista racional, de Matt Ridley y 21 lecciones para el siglo 21, de Yuval Noah Harari, un par de libros generosos en argumentación y ricos en premisas incluyentes).

Más allá de toda evidencia de mejora en diversos rubros, en realidad lo que Van Doorn sugiere es asumir que, en efecto, quizá estamos ante el momento más riesgoso y decisivo de la historia. «Es nuestra actitud la que debe ser optimista. El futuro es demasiado importante como para asumirlo de otro modo. No hay ningún final feliz garantizado: depende de nuestras acciones». Y cierra su disertación citando a Karl Popper: «El optimismo es una obligación moral».

Yo soy optimista. Me ha tocado, tanto por paternidad temprana como por razones laborales, vivir rodeado de las letras Y y Z. Los miembros de estas generaciones son creativos, transformadores e innovadores, más inclinados al emprendimiento que a la premisa tradicional hora-asiento. Asimismo, enarbolan como nadie las banderas de las libertades individuales, los derechos humanos, las leyes de inclusión y el rescate ambiental. No se tragan los cuentos de la manipulación política y su activismo social se recarga en los avances tecnológicos.

Un grupo de investigadores mexicanos —que incluyó antropólogos sociales y universidades— publicó en la revista Nexos (septiembre 2018) un análisis generacional titulado «¿Son milenials los jóvenes milenial mexicanos?». Más allá del título tan poco inspirador (síndrome de investigador más enamorado de su metodología que de la comunicación), lo que aquí se argumenta en que es una generación bordada en adjetivos: «veganos, ecofriendly, tecnológicos, ambientalistas, perezosos, individualistas, apáticos y comodinos (por no poder vivir sin el manto protector de sus padres». Lo cierto es que el estudio pone el dedo en lo que sin duda les caracteriza: nacieron endeudados e inmersos en conflictos de otras generaciones. «Se caracterizan por la preocupación del medio ambiente y la reivindicación de los derechos de la diversidad. Viven en un mundo donde la globalización, la comunicación y el conocimiento se construye en las redes e interactúan mediante las tecnologías».

La gran paradoja es que, en general, parecen sí querer lo mismo que sus padres cuando eran jóvenes: estudiar, obtener un empleo y hacer carrera, casarse o vivir en pareja, tener hijos, contar con seguros, tener dónde vivir y con qué transportarse. Sin embargo, en el caso de México —de manera muy evidente—, la economía no crece lo suficiente como para asegurar su inclusión. ¿Qué pasaría si nuestra economía creciera entre cinco y diez por ciento en vez del mediocrísimo uno a dos por ciento que ha sostenido en los últimos lustros?
Es decir, están plagados de etiquetas que no son otra cosa que tabúes. Para comodidad de publicistas, mercadólogos y muchos otros logos, a estas generaciones completas se les homogeneiza.

Emergentes, tecnológicas, emprendedoras…
… Sí, así se miran las cosas para la Generación Y (el mayor consenso indica que los milenials son quienes nacieron entre 1980 y 1996), no se necesitan rocket scientists para vislumbrar cómo se contemplan para la Generación Z (los centennials son quienes nacieron de 1997 en adelante, es decir, la verdadera generación del siglo XXI).
De acuerdo con un documento del Pew Research Center, retomado y analizado por el semanario británico The Economist, estos últimos son la generación de la depresión y la ansiedad, pero también son menos hedonistas, «mejor portados» y más solitarios que quienes les preceden. Son quienes no podrían siquiera entender el mundo sin un smartphone y sin redes sociales: la llamada iGeneration.

Ilustración Emilia Schettino.

Son adolescentes, pues. Para ellos, de acuerdo con la encuesta de Pew realizada a fines de febrero pasado en distintas comunidades en Estados Unidos, los tres principales problemas relacionados con su generación, en contundente orden, son: 1) ansiedad y depresión, 2) bullying y 3) adicciones a las drogas. Si bien, por ejemplo, no tienen un registro mental cercano de momentos de definición histórica, como los ataques del 9/11, se topan de frente con el peculiar presidente de ese país: Donald Trump. El «chico bueno», Barack Obama, ya se había ido.

El contexto siempre es valioso. Si uno mira las generaciones desde el punto de vista de la tecnología, lo que más ha revolucionado al mundo en las últimas décadas, se entienden las verdaderas diferencias generacionales. Ejemplos: los baby boomers (1946-1964) crecieron durante la expansión explosiva de la televisión; los X (1965-1980) durante la revolución de las computadoras personales; los Y durante la generalización de internet. Para los Z estas tres cosas son parte de sus vidas desde el inicio. Están creciendo durante la revolución de los smartphones, las redes sociales y el wifi.

El término emergente es el que parece estar conjugando con mayor precisión la característica común de las dos generaciones más jóvenes que pueblan el planeta. Ante las condiciones de incertidumbre, empleos mal remunerados y poco estables, además del resto de situaciones que hemos expuesto más atrás, lo que hoy emerge es una actitud emprendedora. ¿Se explica de otro modo la explosión de la llamada «economía colaborativa»? Uber, Didi, Airbnb, Etsy, Kickstarter, Rappi… Quizá no hay mejor manera de entender su visión del mundo que a partir de su propia actividad económica: en forma natural, intercambian productos y servicios a través de plataformas digitales. Eso se explica también en el modo en que consumen contenidos e información: Spotify, Shazam, Google, Facebook, Twitter, Instagram, YouTube, Pinterest, Yelp, Netflix, Amazon, WhatsApp, Telegram, Skype, LinkedIn, Hopper, OpenTable, Reddit, Medium… (nomás asómense a las apps de sus smartphones, pues). Si quedan dudas sobre el fervor emprendedor de los milenial —que seguramente será aún más evidente en los centennial—, no hay nada más que hacer: acudan con su terapeuta favorito. Si trasladamos el término economía colaborativa a la cotidianidad de nuestras actividades, el verdadero sentido surge cuando se combinan las habilidades, el talento y la vocación de transformación positiva de las últimas dos letras del abecedario con la experiencia y la capacidad organizacional de las generaciones de adultos activos. El resultado no es una suma, sino una gigantesca multiplicación. De cualquier manera, no hay de otra: juntos, progresamos; divididos, caemos al abismo.

Historias compartidas | La Bienal de Chicago

El museo del futuro