Actualidad6 May, 2019

Un nuevo corazón para Nueva York

Hudson Yards es el desarrollo urbano más grande que ha existido en la Gran Manzana desde la construcción del Rockefeller Center y, a solo semanas de su inauguración, ya recibe miles de visitas al día. ¿Tiene potencial para convertirse en un nuevo emblema de la ciudad?

—Mónica Isabel Pérez

La mujer ha dicho que sí. Lo sabemos porque escuchamos la algarabía desde abajo. En la cima de Vessel, la imponente escultura de 46 metros de altura que hoy es la imagen más famosa de Hudson Yards, su novio le ha propuesto matrimonio y ella no ha dudado. Se escuchan aplausos y vitoreos. Uno de los guardias que reparte boletos de acceso a quienes no alcanzamos a reservarlos vía internet, no puede evitar que sus ojos se humedezcan, conmovido porque estas experiencias aún no son comunes en este lado de Manhattan. Pero pronto lo serán, y todos los que hemos presenciado ese instante podemos estar seguros de ello. ¿Qué más pasará? Que pronto los enamorados con ultimátum van a dejar de encontrarse en el mirador del Empire State o en la mitad exacta del puente de Brooklyn, porque ahora podrán elegir cualquiera de los 2,500 escalones de los que consta la creación del diseñador inglés Thomas Heatherwick para saber si se siguen amando o no, si huirán a vivir felices para siempre o no, o todo aquello que nos han enseñado las películas románticas que pasa en Nueva York. Dicho lo cual, otra predicción: no tardaremos en ver a la mitad de Hollywood rodando en este espacio que, desde ya, tiene todo para convertirse en la figura central del imaginario neoyorquino para las nuevas generaciones. ¿A poco no es fácil imaginarse a Spiderman sorteando obstáculos en estos novísimos lares?

El viejo Nueva York

Crecí en los años 80 y 90, cuando aún se hablaba del Empire State como uno de los edificios más altos del mundo. Su popularidad estaba a la par de la de las torres gemelas del World Trade Center que, construidas en 1973, conformaban el skyline icónico de la ciudad. Aunque del Empire habían muchas más leyendas, como la historia de la avioneta que chocó con él y que, habiendo recibido estoico, no le dejó más que vidrios rotos; otra anécdota provenía de la ficción, y es que era el edificio trepado por el gigantesco King Kong que huía desesperado llevando en una de sus manos a la rubia Fray Wray. Así que dando una caminata por el parque Highland, le pido a una adolescente que por favor me tome una foto, a lo que accede de inmediato. «Pero que salga el Empire State, por favor», le pido. «¿El qué?», me responde con desconcierto. «Ah, claro, ese edificio», dice habiéndolo pensado unos segundos. Y me doy cuenta de que el viejo Nueva York comienza a deslavarse, a irse sin remedio. Por supuesto esos primeros rascacielos como el famoso «Flatiron», que con su forma de plancha fue uno de los más altos de la ciudad en los primeros años del siglo XX, seguirán siendo memorables, pero ya no son más el epicentro de actividades de los nuevos ciudadanos del mundo, sino reliquias modernas con las que convive un Nueva York recién nacido.

Movimiento y estatismo

Abro la ventana de mi Airbnb en el West Village y parece que nada ha cambiado. Desde el quinto piso de este edificio de ladrillos rojos, puede verse a sus semejantes, inalterables, «adornados» por las intricadas escaleras para incendios típicas de las calles neoyorquinas.Y, desde aquí, al menos por un momento, da igual que sean los años 50 o el 2019 porque hay clichés que permanecen: está la gente que camina casi corriendo con el New York Times bajo el brazo y un vaso de café entre las manos y también los que se sientan en una de las terrazas para beber el primer expreso del día antes de llegar a la oficina, los autos pitan sin cesar y los ciclistas se escurren entre ellos con salvajismo urbano. Sin salir de este barrio, que como todos en Manhattan han tenido su turno de fama y decadencia, parecería que se está en el Nueva York de siempre, ese al que, como presintiendo algo, la banda de post-punk LCD Soundsystem le cantaba en 2007 «Nueva York eres perfecto, por favor no cambies nada». Pero esta urbe no obedece y se transforma.
Cuando menos Hudson Yards representa un cambio positivo, de visiones futuristas que conjugan arquitectura de primer nivel con naturaleza y espacios públicos que fomentan la interacción social. La última vez que vimos a Manhattan cambiar su paisaje de manera radical fue el 11 de septiembre de 2001, y se trató de una tragedia devastadora. Pero 18 años después los habitantes de la ciudad que nunca duerme se enfrentan a un cambio más optimista. «Creemos que con este nuevo barrio va a pasar lo mismo que con el parque Highland», me dicen Mireya y Giuseppe, una pareja de abogados (ella de México, él de Italia) que viven a unos pasos de Times Square. «De pronto la gente dejó de subir sus fotos en Central Park y lo que puedes ver ahora en Instagram es Highland una y otra vez».
¿Piensan entonces que los turistas «abandonarán» espacios como su vecino Times Square para subir a Vessel y hacer compras en las tiendas de Hudson Yards? «Por un tiempo seguro sí, luego ya se verá», comentan con un suspiro coreado que deja ver lo acostumbrados que están a mirar pasar las modas. Me doy cuenta de algo: en este viaje, a diferencia de lo que me ha ocurrido en otras visitas a esta ciudad, no me ha sido necesario dar ni un paso por Central Park.

Más que una escultura

Tan pronto se inauguró Hudson Yards, comenzaron a surgir memes. «Ahora todos quieren tomarse fotos junto al shawarma y la bolsa», dice uno que alude a las formas de Vessel —que en teoría debía remitir a un panal de abejas— y al centro para las artes The Shed que se encuentra a un lado y que, en efecto, tiene una textura que recuerda al capitonado de un bolso Chanel. Pero este desarrollo, que se proyecta que generará unos diez mil millones de dólares a a ciudad al año, es más que los espacios mencionados. De hecho se trata prácticamente de una colonia nueva construida sobre una zona que otrora fue un estacionamiento de trenes y que, por el apodo de uno de sus costados —nada menos que «avenida de la muerte», daba cuando menos un poco de desconfianza al transitarse. Hoy el mismo espacio contiene, además de la escultura y el mall de 90 mil metros cuadrados que reúne a más de cien restaurantes y tiendas de lujo, seis rascacielos para oficinas y residencias, una escuela, un espacio cultural, dos hectáreas de espacios públicos, se conecta con el parque Highland y además une a los barrios de Chelsea y Hell’s Kitchen, fortaleciendo el lado oeste de la isla. Además ya cuenta con los accesos de transporte público necesarios para que todo funcione a la perfección. El senador neoyorkino Chuck Schumer consideró, el día de la inauguración, que se sabía que «si Nueva York quería seguir siendo la ciudad global preeminente y estar por delante de Londres, Singapur y otros competidores, tendría que modernizarse». De este modo la Gran Manzana, que a pesar de todo sigue siendo la misma que recorrieron desde Jack Kerouac hasta Andy Warhol, mantiene su vitalidad. «Como siempre, en Nueva York hacemos realidad lo imposible, lo que incluye construir un nuevo barrio sobre un viejo descampado ferroviario. Hudson Yards ha traído miles de trabajos, nuevos espacios y transportación al oeste de Manhattan. Es un proyecto que ejemplifica a la perfección la inventiva que hace que Nueva York sea la mejor ciudad del mundo», dijo el alcalde Bill de Blasio. Y aunque sus historias no dejen de ser contadas, y el blues y el jazz sigan escuchándose en sus bares, la ciudad ha decidido no replegarse en la nostalgia y da la cara al trepidante siglo XXI sin temor alguno. Como prometía la canción de Frank Sinatra «siempre hay un buen comienzo en el viejo Nueva York».

Vidas paralelas

Magali Lara | Trazos Cotidianos