Edición impresa3 June, 2019

São Paulo, ciudad museo

São Paulo es una de las ciudades más pobladas del mundo. Capital sudamericana de los negocios, el entretenimiento y las artes, es una urbe que hay que visitar con regularidad para mantenerse al tanto de modas y tendencias recién gestadas. Aquí proponemos un recorrido ideal para quienes, por primera vez, deciden adentrarse a esta metrópolis lusófona.

—Daniela Valdez

Tenía el corazón roto cuando volé a São Paulo. Un viaje a Brasil para reponerme de los infortunios del amartelamiento, ¿qué podría ser mejor? Por demás pragmático, mi remedio favorito para la desazón incluye un vuelo largo, caminatas lentas y comida tan abundante como estímulos sensoriales. Algo que esta megalópolis ofrece en cada esquina; un sueño para todo seguidor de la moda, el diseño, la cocina, la coctelería y el arte.

Perderse en un bosque y encontrarse
No es difícil hacerse de un itinerario que incluya todo lo ya mencionado, así que todas las mañanas, luego de destinar un par de horas a ejercitarme y a pasear por el Parque do Ibirapuera, me comía un buen bowl de açai para asegurar una buena carga de energía. A ese parque, que ocupa 158 hectáreas de la ciudad, lo llaman «el Central Park latinoamericano» y, como sucede en Nueva York o en la Ciudad de México, impresiona la posibilidad de «perderse» en un bosque a la mitad de un centro urbano tan vibrante. Ibirapuera —cuyo proyecto arquitectónico y el de todos sus recintos estuvieron a cargo del célebre Oscar Niemeyer— tiene tres lagos que dejan ver el maravilloso skyline paulista, aves por doquier, gente corriendo y ejercitándose, puestos de agua de coco y frutas frescas, aire puro y museos. No se me ocurre un lugar mejor para ser feliz.
La entrada es gratuita, aunque los museos cobran una cuota de recuperación. Uno puede rentar una bicicleta y darse gusto en los diversos puestos de comida, en el Bosque de la Lectura abrir un libro (alguno de cuentos de Rubem Fonseca es perfecto en ese contexto) y sentarse a leer y descansar a la sombra de un árbol. Otro espacio, el Pabellón de Japón, es perfecto para organizar un día de campo en medio de una recreación de siete mil metros cuadrados de paisajes nipones. Están también el Museu Afro Brasil, un recinto que cuenta con cinco mil obras de arte de diferentes disciplinas y piezas etnológicas, telas, herramientas, documentos o esculturas que dan un recuento de la historia negra del país y el Pabellón Ciccillo Matarazzo, que en su impresionante arquitectura alberga cada dos años uno de los encuentros artísticos más importantes del país: la Bienal de São Paulo. Ahí mismo se encuentran la OCA y el MAC (Museo de Arte Contemporáneo), que también pertenecen al circuito del parque y que presentan obras de artistas locales.

El parque de Ibirapuera

La OCA, como se le conoce al Palacio de Exposiciones, es una obra representativa de la arquitectura modernista de Brasil que alberga exposiciones locales e internacionales temporales. Por otro lado, el MAC, que es parte del campus de la Universidad de São Paulo, es un enorme cubo blanco que contiene más de ocho mil piezas de grandes artistas del siglo XX, entre ellos Picasso, Modigliani, Kandinsky o Chagall. En el vestíbulo me recibe la escultura de un felino de 2.5 metros de Nina Pandolfo. Como parte de la exhibición temporal, puedo ver la obra de connacionales como Jorge Méndez-Blake o Gabriel Orozco y, en el último piso, un mirador con 360º de horizonte de la ciudad, casi tan impresionante como las obras del acervo de la universidad.

Colores, sabores
Sao Paulo también seduce con su comida. Verdaderas odas a la carne son las espadas, las parrilladas y la picaña, el corte típico brasileño que, suave y jugoso, siempre hay que pedir al punto. Hay mariscos en abundancia y los miércoles y los sábados la costumbre dicta comer feijoada, un guisado de frijoles con carne de cerdo, espolvoreado con harina de yuca. Es básico probar el queijo coalho —un queso de leche de vaca típico del noreste— y los bolos de rolo, dulces rollos de harina con mantequilla y guayaba. Completan la golosa sección azucarada la tapioca y las frutas frescas.
Rodeada por los aromas del carbón y los frutos tropicales, me permito caminar sin sentido entre las calles. El barrio Vila Madalena es ideal para hacerla de flâneuse. De ambiente bohemio, parece estar forrado de arte urbano. Hay también boutiques de diseñadores locales, bares de coctelería, restaurantes de autor y decenas de galerías como la famosa Beco do Batman, como se conoce a la Rua Gonçalo Afonso, un callejón adornado por los mejores exponentes del grafiti de la ciudad. El fin de semana, en este mismo sitio, hay puestitos de comida, ropa y curiosidades. Otro plus: aquí se encuentra uno de los bufetes más famosos de la ciudad, la Mercearia São Pedro, cuya relación calidad-precio es maravillosa. Finalmente, una visita a la galería Choque Cultural me acerca más a la efervescente escena urbana underground contemporánea de Brasil.

Sobre esta misma línea pero en otra zona, en las columnas del metro Cruzeiro do Sul (entre Santana y Portuguesa- Tietê), está la cuna del grafiti al norte de la ciudad, reconocible por las columnas pintadas por el artista urbano Binho Ribeiro, quien fue encarcelado por ello junto con otros diez grafiteros que comenzaron un movimiento de recuperación de la zona conocido hoy como el primer museo abierto MAAU-SP, con obras firmadas por Cranio o Markone y más de 60 artistas de arte urbano.
Más tarde toca el turno a Pinheiros, el barrio donde se encuentra Cartel 011, una concept
store de Cristian Resende y Fernando Sapuppo con ropa y accesorios de los mejores diseñadores brasileños emergentes. Hay varias calles llenas de tiendas, cafés, y galerías, pero para mí la imperdible es una de las pequeñas grandes consentidas del movimiento contemporáneo en Brasil: la Galería Jaqueline Martins, que es bastante conocida fuera de su país gracias a su enfoque radical y a la gran exposición que les ha dado a artistas como Ana Mazzei, Diango Hernandez, Ícaro Lira o Martha Aráujo. Y bueno, si algo sorprende de esta zona es lo que pasa cuando cae la noche, ya que sus calles se llenan de ruido y sabor. El traguito after work llega hasta la banqueta, también las pláticas y las risas. Y ya si llega la hora de la fiesta, el after seguro es en la zona de Baixo Augusta.

Exhibición de Regina Vater

Arte por doquier
Como en toda gran ciudad, vale la pena reservar una tarde para pasear por el centro. Este tiene hermosos edificios como el Teatro Municipal o el Eidicio Altino Arantes, los puestos de la Praça da Republica y la famosa Galeria do Rock, con tiendas y tiendas de heavy metal, tatuajes y parafernalia. Muy cerca de ahí hay un famoso boteco para ir por un trago y comer rico (el menú varía según el día), es uno de los más tradicionales, Ita, que está en pie desde hace más de 60 años. Para dar con él hay que perder la timidez y preguntar a los locales.
El mercado municipal es también un must-see, lleno de colores, olores y sabores, con los típicos marchantes que te ofrecen frutas por doquier, sal rosa, semillas y dulces, con aún más entusiasmo que en los mercados mexicanos, aunque eso parezca increíble. En el segundo piso hay varias opciones de puestos gourmet para comer un buen sándwich de carnes frías y quesos, frutas y un café bien cargado o una cerveza helada, dependiendo del clima y del estado de ánimo. Eso sí, hay que tomarse un tiempo para admirar los vitrales de Sorgenicht Filho.

Sigo mi camino hasta llegar al Museo Brasileño de Escultura (MUBE), surgido como respuesta a movilizaciones sociales contra un centro comercial en un área residencial. El edificio, una creación del afamado Premio Pritzker 2006 Paulo Mendes da Rocha, tiene espejos de agua y jardines diseñados por Burle Marx donde se pueden ver colosales esculturas al aire libre, y, al centro, una enorme edificación de hormigón. Vale la pena recorrerlo de principio a fin, no solo por su contenido, sino por su paisaje.
Otros grandes espacios imperdibles son el Instituto Cultural Tomie Ohtake (en Avenida Faria Lima) —que en sus 7 500 metros cuadrados expone a grandes artistas como Salvador Dalí o Kio Farkas—, y una librería que invita a las compras compulsivas. Para acercarse al talento local lo ideal es ir a la consolidada Galeria Vermelho (Rua Minas Gerais), un espacio de exhibición dividido en tres habitaciones con obras de artistas como Lia Chaia, Nicolas Robbio o Marcelo Cidade. Para ver las obras de artistas brasileños más consolidados, los grandes personajes de los movimientos artísticos de los 70 y 80 hasta hoy, hay visitar Baró (Rua da Consolação) con obras de grandes como Almandrade, Cesar Brandão o Paulo Nenflidio y la Galería Virgilio (en Dr. Virgilio de Carvalho Pinto, Pinheiros) que tiene como atracción el centro cultural b_arco donde utilizan medios alternativos para explorar el arte, desde el fotoperiodismo hasta happenings. Pero si realmente quieres entender el movimiento
artístico del país en general, en el vecindario de La Luz encontrarás el que quizá sea el mayor exponente del arte brasileiro, la Pinacoteca del Estado de São Paulo, que narra en su espacio la historia de la producción de arte nacional del siglo XIX hasta nuestros días por medio de más de seis mil obras.

Exposición de Dudu Santos «Contra o vazio»

Decir adiós
Antes de dejar la ciudad recorro de inicio a fin la avenida Paulista, la más famosa de la ciudad. Los domingos es maravillosa para andar en bicicleta o patinar, ya que el paso de autos no está permitido, pero también se puede disfrutar caminando, pues son menos de tres kilómetros. La librería más grande de América Latina, llamada Cultura, está para perderse, así como el Conjunto Nacional de David Libeskind. Pero la gran sorpresa en este recorrido es el Museo de Arte de Sao Paulo (MASP) que, se dice, compite con la Tate Modern por su oferta museográfica, posiblemente la más importante en nuestra región gracias a su colección de pinturas y esculturas del siglo XIII hasta nuestros días. Botticelli, Degas, Rembrandt, Picasso, además de grandes exposiciones anuales. Este 2019, en sus salas el honor se lo lleva el arte creado por mujeres.
¿Habrá quien recuerde mi corazón roto? Después de caminar diez días por las calles vibrantes y a veces caóticas de Sao Paulo, yo tampoco.

Mujer A | Monserrat Vázquez

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